Hace cuatro años, Abraham Jiménez Enoa salió eyectado de La Habana. No fue una decisión personal. Fue una expulsión. El gobierno cubano le puso el pasaporte en la mano y una condición de hierro en el oído: irse para no volver. Partió con su esposa (Claudia) y su hijo (Theo) de un año y medio y terminó en Barcelona. “Me empujaron al exilio”, afirma. Hoy en día la realidad de Cuba es más compleja todavía. La crisis por la falta de combustible hace estragos en la vida cotidiana. “La gente pasa 20 horas sin electricidad -dice-, tampoco hay gas. Están cocinando en las calles, rompiendo las sillas, las maderas, los muebles, los sillones, las mesas para poder hacer leña y cocinar. Cuba está acostumbrada a tener crisis, pero esta es la madre de todas las crisis”, advierte.
En La Habana quedaron sus padres, sus hermanas y varios sobrinos, una familia donde casi todos eran miembros del Partido Comunista. Su abuelo paterno había sido guardaespaldas de Fidel Castro y de Ernesto “Che” Guevara. En 2022 salió con lo puesto y se instaló en España. Sin embargo, mantiene contacto una o dos veces por semana con su familia cubana, cuando ellos logran cargar sus celulares. Dice que la situación es peor que en el “Período Especial”, que se vivió en los ’90, cuando cayó la Unión Soviética y dejaron de llegar las ayudas de Europa del Este.
Aquella vez, Cuba había caído en un pantano con “la crisis de los balseros”, pero ahora es peor. “La basura se acumula en las calles; la queman durante la noche y el humo gris envuelve a La Habana; no hay comida, no hay transportes, no se puede bombear agua, las universidades han cerrado y las farmacias son un cementerio”, detalla.
Su padre sufrió un problema de salud, y no se consiguen medicamentos. Abraham le envía las pastillas a través de algún conocido que viaja a Cuba. “El gobierno cubano está contra la pared, no tiene salida”, afirma.
Un extraterrestre
Conocí a Abraham Jiménez Enoa en marzo de 2016, cuando en La Habana se respiraba un aire de resurrección. Fue aquella semana histórica en la que Barack Obama caminó por las calles empedradas y los Rolling Stones hicieron tronar su rock ante más de un millón de personas. El bloqueo parecía tener los días contados; un apretón de manos entre Obama y Raúl Castro prometía el fin de la era del hielo. En aquella semana, Cuba y Estados Unidos estuvieron muy cerca de acordar el fin del bloqueo comercial. Sin embargo, no alcanzó el tiempo para que la política pudiera plasmar ese saludo en un documento conjunto. Muy lejos quedó aquella Cuba de la que hoy padece una feroz crisis económica agravada por las restricciones de Donald Trump.
En aquel 2016, pude ver a Abraham moverse por las calles de La Habana siendo ya un cronista incómodo para el gobierno cubano. Escribía sobre temas tabú para Cuba como prostitución, pobreza, derechos humanos, y racismo. Sus informes le valieron persecuciones políticas y un acoso cada vez mayor. Las tensiones crecieron hasta el punto de haber quedado detenido durante semanas por sus publicaciones.
Instalado en Barcelona, su vida cambió por completo. Publicó La isla oculta. Historias de Cuba, libro de crónicas que muestran los lugares menos conocidos de La Habana bajo una mirada conmovedora, triste y sagaz. Luego, en 2024, publicó Aterrizar en el mundo (ganador de la Beca Michael Jacobs), libro que es la bitácora de su propio exorcismo, un estallido sensorial que lo dejó habitando un tiempo extraño desde el exilio.
“Un poco de eso va mi libro; yo me siento -cada vez menos, pero lo sigo siendo-, un extraterrestre.
Nunca había salido de Cuba, no había conocido otra realidad y de pronto ha sido muy heavy llegar al capitalismo, a Europa, a Occidente. Episodios de racismo, comprender el capitalismo, estar solo, lejos de la familia, de mis amigos; todo eso no quita que Barcelona sea una ciudad hermosa, que tenga gente increíble, pero gente distinta a uno”, agrega.
La llegada de Trump y el endurecimiento de las restricciones terminaron de asfixiar a una isla que hoy se siente abandonada por todos. El cronista también resalta las culpas del gobierno de Miguel Díaz-Canel, heredero político de los hermanos Castro. “Los cubanos están atrapados entre las medidas de Trump y el propio gobierno cubano por la falta de libertades; no pueden hacer negocios privados, porque las leyes no lo permiten, no pueden ingeniar nuevas maneras de salir de esta situación, no hay libertad de expresión, de prensa, de asociación; Cuba se ha quedado en un limbo”, insiste.
Perspectivas
El caso Cuba es diferente de lo ocurrido en Venezuela en los primeros días de 2026. “Estados Unidos no puede sacar nada de Cuba a nivel material -dice-, Venezuela tiene el petróleo, pero Cuba es algo simbólico, porque sería arrancarle la cabeza al régimen cubano, Trump tendría el rédito de haber derrotado a la vieja leyenda comunista; la ayuda humanitaria de México no va a salvar a Cuba del desastre económico, Rusia y los chinos no han dicho nada; Cuba está totalmente aislada”, asegura.
Descree de una posible intervención militar en la isla. La agenda caliente de Trump con el tema migratorios (ICE), Irán, Venezuela -entiende Abraham- no le daría espacio para ocuparse de Cuba con una injerencia como la sucedida en Caracas. “Creo que apuestan por la asfixia económica”, afirma.
Tenía 33 años cuando salió de La Habana; nunca antes había pisado otro suelo que no fuera el de su Cuba natal. En la isla caribeña, la calefacción es un concepto inexistente, una abstracción. Al llegar a Barcelona, se topó con un monstruo invisible: el frío. En el departamento que le alquiló un argentino, Abraham temblaba frente a un aparato que no sabía cómo encender. Se sentía, dice, como un hombre que acababa de escapar de un manicomio, desnudo y de repente arrojado a la inmensidad de un bosque perdido. Pasaron cuatro años, pero algunas cosas no han cambiado.
“Obviamente yo no estoy ahora como estaba en 2022, pero sí me sigo sintiendo muy solo, alejado de lo que soy. Aquí estoy con mi hijo y mi esposa; eso te da un poco de confort el estar acompañado, pero con mucha nostalgia, muy solos nosotros también, es muy duro empezar una nueva vida en un lugar con otra lengua, porque aquí se habla catalán, sin amigos, sin familia; de alguna manera me ha tocado profesionalmente empezar de nuevo…A veces voy caminando por Barcelona y hay una cosa como que mi cuerpo está aquí, pero mi cabeza no; es como que todo fuera una ficción, como si alguien en algún momento me fuera a tocar y me fuera a dar cuenta de que todo ha sido un sueño”.
Hoy, desde la distancia catalana, Abraham contempla cómo su país se deshace en un apagón. El principal interrogante es cómo va a terminar el caso Cuba y sus repercusiones dentro y fuera de la isla. A pesar del dolor, el cronista no se rinde al silencio. “Es difícil saber si esta crisis va a llevar a un cambio de régimen, que es a lo que apunta todo; no me aventuraría tanto, pero sí creo que es el final de todo este proceso de 67 años. También creo que es muy triste cómo ha terminado todo, lo que fue la revolución, lo que propuso, lo que llegó a ser, el tipo de pueblo que generó; mucha gente, por ejemplo mis padres, que han entregado toda su vida a ese proceso y que termine de esta manera, sin tener pan para comer, sin electricidad; pero aún es más triste -remarca- que el final del régimen pase por la peor persona del mundo, que es Donald Trump”.
Volver al Malecón
En sus palabras se reafirma el deseo de volver. Sabe que, aunque le arrebataron el suelo, nadie puede quitarle el horizonte. Sueña con reencontrarse con la familia y caminar por el malecón de La Habana como antes. “Ese es mi país; mi hijo se fue de Cuba con un año y medio, apenas recuerda lo que su madre y yo le contamos y él piensa que recuerda, pero no se acuerda de nada. Él tiene recuerdos de lo que nosotros le contamos, mi hijo ha crecido aquí, habla otro idioma, tiene otro acento, poco a poco se va gestando otra idiosincrasia. Yo daría la vida por regresar con él y sentarnos en el Malecón a ver los arrecifes, a sentir la brisa, caminar y mostrarle el lugar donde nació, ese siempre es mi país, ahí está mi familia, ahí está todo lo que soy y es muy duro que te arrebaten eso. Y sobre todo es muy duro ver sufrir a tu gente, y ver cómo se desploma tu país, eres tu en definitiva”.
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Perfil
Abraham Jiménez Enoa (La Habana,1988) se licenció en periodismo en la Universidad de La Habana. En 2016 fundó El Estornudo, revista independiente de periodismo narrativo, y comenzó a colaborar en Gatopardo y The Washington Post. Fue perseguido por sus escritos y forzado al exilio. Ganó la beca Jacobs de la Fundación Gabo y el Premio Internacional a la Libertad de Prensa del CPJ (Committee to Protect Journalists). Desde 2022 vive en Barcelona y colabora en El País.